HOMENAJE A NORA (Palabras de Alejandro Legaspi)


Homenaje a Nora de Izcue (*)

Allá por el año 1974, cuando llegué al Perú, mi situación en términos legales, así como la de otros compañeros Latinoamericanos,  era complicada. No lograba conseguir un contrato de trabajo y por lo tanto siempre estaba en la cuerda floja.

A los pocos meses me enteré que había una asamblea del Citeic que era por esos tiempos el gremio que reunía a los trabajadores del cine. Decidí asistir. Estaba ilegal frente al Estado, pero no quería estarlo frente al gremio de cine.

El local estaba muy concurrido y la asamblea todavía no había comenzado. Me acerqué a unos compañeros que estaban en la puerta y les pregunté a quién le podía hacer unas consultas laborales. Me señalaron  un rincón del local donde conversaban muy animadamente dos personas que, por su aspecto,  se diferenciaban del resto de los concurrentes: Una era un zambo robusto, con lentes negros (hay que aclarar que era de noche y que el local no era muy iluminado), una gorra metida hasta las orejas y una barba larga  al estilo Ho Chi Minh. Tenía, digamos, un aire de ilegalidad absoluta; la otra era el polo opuesto: se trataba de una rubia elegantísima (y muy guapa, por cierto) con un aire, digamos, de legalidad absoluta.

Me acerque a ellos, le expliqué mi situación, de donde venía y porque estaba en el Perú. Me escucharon atentamente, y luego, de inmediato, me dieron muestras de afecto y solidaridad. Me invitaron participar de la asamblea y me hicieron sentir un miembro más de ese gremio.

Así fue que conocí a Fernando Espinosa, quien después fue mi socio y compañero de trabajo en varias películas y a Nora de Izcue a quien esta noche se le está haciendo un merecido homenajeando.

Sí fue como recibí las primeras muestras de afecto en el Perú, que luego, con el paso del tiempo,  se repitieron en muchísimos compañeros más.

Poco tiempo después de este primer encuentro, en una función de cine, conocía a Nora de izcue como cineasta al ver la película Runan Kaycu. (Aquí quiero abrir un pequeñísimo paréntesis sobre el contexto del cine documental en America Latina en aquella época)

Eran tiempos difíciles, la mayoría de los países del continente estaban gobernados por dictaduras  donde se reprimía y se encarcelaban a los cineastas y a los artistas en general. El cine que nacía en ese contexto fue lo que se denominó “El nuevo cine Latinoamericano” Un cine de protesta, un cine revolucionario, pero no solo revolucionario por sus contenidos, sino también por su forma, por su lenguaje. Un cine, como lo denomino Julio García Espinoza en el título de su célebre libro “Un cine imperfecto”.

En el Perú la situación era otra. Si bien se trataba también de una dictadura militar, ésta tenía otro carácter. Los cineastas no eran perseguidos, tenían un sindicato y el gobierno había dictado una ley de cine.

Es quizás, debido a esta situación suigéneris que los documentales que se realizaban en ese entonces no encajaban dentro de esta corriente del cine Latinoamericano. Sin embargo había excepciones, desde luego, y entre ellas estaba “Runan Kaycu”.

Recuerdo el impacto que me produjo el  primer plano de Saturnino Hillca mirando  cámara en una toma sumamente larga y conmovedora, contándonos su vida y la de sus antepasados. Hablándonos sobre la injusticia. Relatando los enfrentamientos del movimiento campesino cusqueño con los gamonales y hacendados.

Me di cuenta de inmediato que estaba frente a una película distinta de las que había visto hasta ahora en Perú. Que se trataba de un documental que se insertaba en la corriente cinematográfica que ya habían comenzado a finales de los años 60 y comienzos de los 70 con cineastas de la talla con Solanas, Getino, Birri, Vallejo en Argentina,  Handler en Uruguay,  Guzmán en Chile; Santiago Álvarez en Cuba, Marta Rodríguez en Colombia…

Sentí que esa película relataba la problemática del Perú profundo que ya había conocido a través de la literatura en las obras de Arguedas  y Ciro Alegría cuando vivía en Uruguay,  pero que no la había visto reflejada aún en una pantalla de cine. Se trataba de un buen documental, bien estructurado y con  un interesante tratamiento visual dado por la cámara en mano del estupendo fotógrafo Jorge Suárez. Quedé impactado por ese filme  que no por casualidad había merecido un premio importante en el prestigioso festival de Leizip.

El tiempo fue pasando y con Nora nos cruzábamos en muchísimas ocasiones: En las asambleas del Citeic primero y luego en las ACDP, gremio al que ella llegó a presidir. En los festivales de cine, en reuniones de amigos, en algunas marchas defendiendo la ley de cine que el gobierno de Fujimori nos había quitado… Nora siempre firme, siempre al frente de todo lo que tuviera que ver con el cine,  los movimientos gremiales y  la cultura

Sin embargo pasaron algunos años para que llegáramos a trabajar juntos. Este encuentro de trabajo se dio en el 2004 en la película “El viento de todas partes” en la que Nora me invitó a participar como camarógrafo y editor. Esa etapa, sobretodo la de editor fue la que me reveló una Nora que yo desconocía: la de una cineasta sumamente ordenada, disciplinada, metódica y exigente.

Habíamos acondicionado con Javier Portocarrero un cuarto en el departamento miraflorino que Nora tenía por ese entonces, y allí trabajamos incansablemente durante todo un verano sumamente caluroso. Las jornadas comenzaban por las mañanas donde Nora y Teresa Pacheco nos esperaban con un café, y solían terminar al final de la tarde con un refrescante cuba libre.

Recuerdo en especial lo del verano porque la habitación tenía un pequeño balcón muy soleado por las tarde  donde Nora, siempre muy ordenada y precavida,  había colocado un cenicero y un gran sombrero de paja.  Así que para no retrasarnos en el trabajo salíamos de a uno al balcón, nos colocábamos el sombrero para protegernos del sol y fumábamos.

Los documentales de carácter político no son fáciles de hacer. Hay que tener muchísimo cuidado en la edición, en lo que se pone y en lo que se deja de poner. En lo que se elige de las largas entrevistas de cada uno de los personajes. Nora era muy cuidadosa en ello. Desde el primer día de trabajo ya tenía —  imagino que con la infatigable colaboración de Teresa —  todo el material transcrito a máquina y subrayado con diferentes colores los fragmentos que consideraba que podían ser colocados en el documental.  Además de páginas y páginas de una estructura tentativa, escrita a mano, con una letra muy pequeña.

Sin embargo, Nora,  no es una directora que imponga su propuesta. A ella le gusta compartir, le gusta discutir las decisiones, le gusta escuchar las sugerencias, le gusta, en definitiva, trabajar en equipo.

Pienso que Nora fue valiente al hacer ese documental que relata un momento crucial en la defensa de la democracia. Y también creo que fue muy valiente y muy firme (y esto me consta porque he sido testigo) al defender algunas secuencias del filme que incomodaban a algunas personas muy importantes en ese momento. Nunca cedió. Nunca dio el brazo a torcer.

Más adelante colabore en el documental sobre la visita de Edgar Morin al Perú. Fue un trabajo que demandó menos tiempo que el anterior, pero que disfrutamos muchísimo deleitándonos con las reflexiones de unos de los intelectuales más lúcidos del momento a nivel mundial. Morin en el documental nos hablaba de política, de arte, de la gastronomía peruana que tanto le gustaba y a la que el llamaba gastrosofía porque sostenía que la peruana es una gastronomía con un cuota importante de filosofía…

También, hace muy poco he participado en la investigación de su nuevo proyecto documental   sobre la vida y obra de Cesar Calvo. El entrar en la vida de Calvo  y de varios de los intelectuales y poetas de la generación del 50 y 60 me permitió, a partir de los relatos y anécdotas de los entrevistados, conocer a una  joven e inquita que Nora de izcue que compartió con ellos la bohemia y la vida intelectual de aquella época. No eran muchas las mujeres que se atrevían a hacerlo, pero ahí estaba Nora, la que luego, quizás por ello, fue la primera mujer en hacer una película en el Perú.

Por último, y para terminar,  quiero hacer mención a los viajes. Me ha tocado viajar con Nora a un par de encuentros de cineastas representando a Perú. El primero en  Caracas, y luego, hace poco, junto con Mauricio Godoy, en Buenos aires.  Allí, en esos encuentros donde concurren los documentalistas más importantes del continente, uno puede apreciar el respeto y el aprecio del que goza Nora entre los colegas de otros países. Las muestras de afecto que recibe permanentemente.

En esos encuentros Nora se mueve como pez en el agua, participando en las distintas mesas temáticas, liderando a la delegación peruana para que nada falle, discutiendo las ponencias que estamos presentando, chequeando que los documentales que hemos seleccionado sean verdaderamente representativos de nuestra cinematografía… Viajar con Nora a un encuentro de estas características es una experiencia aleccionadora y  muy gratificante.

Quizás, el único inconveniente de viajar con Nora, tiene que haber alguno, nadie es perfecto ¿no? Y aquí voy a cometer una infidencia, te pido disculpas. Es que Nora así viaje por 2 o 3 días va a llevar consigo, siempre,  dos gigantescas maletas pesadísimas. ¿Qué lleva en ellas? No se sabe a ciencia cierta. Mucha ropa, quizás.  Muchos regalitos para tantos amigos que tiene. No lo sé.  Lo cierto es que como uno es un caballero  -o por lo menos intenta serlo-, en algún momento, en algún aeropuerto,  no queda más remedio que cargar con esas pesadísimas maletas… Pero, no importa, vale la pena.

Muchas gracias.

 Alejandro Legaspi

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(*) Texto redactado por Alejandro Legaspi para ser leído el dia de la inauguración de la X Muestra de Documental Peruano durante el homenaje a Nora de Izcue.

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